lunes, 1 de julio de 2013

LA MUJER DE AQUÍ... DEL TEATRO ... Y DE LA TELE


El arte es, a pesar del artista.  
Siempre está la mirada de quien lo hace existir.

Actor-Actriz: palabra amplia en donde caben todos y nadie a la vez. 

Muy pocos lo son sin necesidad de afirmarlo. 
Es una palabra que engloba pasión, oficio y profesión. 
Desconocemos cuanto de cada ingrediente contiene. 
Una poción mágica cargada de golpes y caricias, adictiva y generosa. 
Una palabra holgada, abusada y secuestrada por quienes no han probado aún lo salado que puede ser su sudor. 

A diferencia del "Dr", al actor no le basta decirlo para poder serlo.


El actor es ambos: el laboratorista y el conejo de indias, que inyecta al personaje delicadas dosis de su propia verdad mientras permite ser afectado por la esencia de aquel que encarna en la historia. 
Flexible y dócil ante la mágica e incontenible metamorfosis hacia la que los guía el personaje (algunas veces más, otras menos violenta). 
Uno de los retos: rastrear, indagar, perseguir y una vez encontrada sujetar sin desgano la verdad profunda dentro de la acción, el pensamiento, el diálogo... 


Eventualmente el actor se transforma en coraza: una osamenta, un closet de seres que vienen, viven dentro por un tiempo y se van. Infinidad de vidas cortas dentro de la única vida de quien las interpreta.

No obstante, en ese momento (en el que el personaje y el actor se encuentran), el momento en que empiezan a compartir órganos, a respirar con los mismos pulmones, a moverse con las mismas extremidades y a hablar con las mismas cuerdas, el actor debe ceder la palabra, dándosela a quien ahora es su invitado de honor. Debe abandonar cualquier preocupación relacionada con su ego: apariencia, emoción o cualquier otro aspecto de esta índole. Si con la testaruda insistencia de llevar las riendas del hechizo el actor se niega a la entrega, el espíritu del personaje en segundos huirá y como humo desvanecerá en vista del dominio del anfitrión. 

Oscar Wilde decía: "Ser natural es la más difícil de las poses". 

Ciertamente despojarse por minutos de aquel pudor que resguarda en secreto aquello que el actor aborrece de su propia apariencia, de su "muy protegida" fachada puede ser aterrador. Sin embargo,  aún más aterrador es no poder escuchar al personaje porque la sólida muralla del actor nos aleja del oír, ver y sentir.  Los gritos del actor tiznando sin reparo el murmullo de aquella visita.

La actriz latinoamericana sufre particularmente de esta dolencia. El temor absoluto a verse fea, ojerosa, despeinada, natural; con la franqueza que verse "natural" implica. 
Lo agobiante del juicio basado en la apariencia. Los personajes femeninos más sórdidos (en papel) son encarnados por semi-barbies convertidas en barbies, por actrices que aniquilan cualquier murmullo que pretenda manifestarse y respirar con ellas por un momento.
Esto, por otra parte tiene consecuencias devastadoras a nivel social. El público, el testigo, quienes ven el trabajo diario de la actriz (ya sea en la televisión, en el cine o en el mismísimo teatro) dibujan a partir de la repetición estereotipos plásticos de femineidad. Solidificamos una visión fraudulenta de la belleza y sutileza femenina. Existe una vergüenza tácita recubierta por maquillaje, cirugías, marcas, etc. 
Los momentos de amargura que (como en la vida real) son devastadores e inundan de pena todos los aspectos, incluyendo la apariencia, el hablar, el sentir están generalmente envueltos en esmalte.

Mi pregunta es la siguiente: ¿Por qué tanto terror a verse feas, si no es la actriz a quien el público escucha, sino al personaje?  

¿Por qué hacer que una escena de agonía parezca una agonía "aspiracional" ?
¿Por qué quebrantar un momento tan íntimo entre el dramaturgo y el personaje con el juicio del actor, con su interpretación directamente relacionada a lo que ella quiere mostrar de sí misma y por consecuencia con lo que no está dispuesta a develar?

De ningún modo, con lo arriba mencionado coincido con el silencio del actor en el proceso de creación de personaje. De ninguna manera creo que sea posible que un actor apático y pasivo llegue a invocar con éxito al visitante. Pero sí, considero indispensable la sumisión del ego durante el proceso de gestación del personaje y su tiempo vida dentro de la actriz-actor.



viernes, 15 de febrero de 2013

Tierra fértil inhumada en miseria


Alarmante ver a una nación descender en lo que parece un interminable tobogán de cicaterías. Causa desasociego ser parte del deterioro de la mente de un país, en donde la crisis se ha convertido en estado natural y la carencia no asombra ni intimida. 

Hablar de Venezuela es complejo, las garras del chavismo durante más de una década, han penetrado profundamente el diafragma de los venezolanos, así que la remoción del punzante, aparte de la hemorragia inaplazable, para algunos también representa el ahogo y la asfixia. 

Nos han regresado al tetero mental, nos amputaron las piernas (y nos dejamos!) bajo la promesa que tendríamos todo, porque "todo lo tenemos, todo lo podemos y a todos venceremos". 
Ese, es otro engaño que pertenece al saco empolvado del discurso exánime,  edematizado y anticuado, efigie de este gobierno.

Venezuela es un país en donde la mayoría de quien la habita se cree "gente viva", "gente avispada", que a la larga sufre de una mezcla entre ingenuidad y soberbia, con miserables "beneficios" a muy corto plazo. Un país en donde no existe ni un sentido de respeto tácito y mucho menos un esquema de justicia,  en donde el día de ayer (jueves 14 de febrero), bajo el pleno sol de tarde caraqueño, hampones asesinaron a al historiador y artista Napoleón Pisani de 70 años en intento de robo de una colección de monedas antiguas. Es aterradora la vida cuando se está inmerso en una tasa de homicidios de 57 por cada 100000 habitantes, vergonzosamente muy por encima de la vecina Colombia (34),  el temible México (24)  y el vastísimo Brasil (21).  En donde en el 2011 la inflación anual se registró a un 27.6%, mientras que Brasil y Colombia cerraron con 6.5% y 3.73% respectivamente. En Venezuela (en el 2012) el déficit trepó hasta los US$ 55.000 millones, es decir el 16,0 % del PIB, con un índice de escasez que alcanzó el 16,2% el diciembre pasado. Este es un país en donde se paga la "big mac" más cara del mundo (más cara que en Noruega)*.


Cerniéndose sobre tan pesarosas cifras está el lenguaje que enjuaga de embuste al venezolano.

¿Dónde quedó nuestra capacidad de demanda? ¿Dónde quedó el Venezolano vanguardista, exigente? Hoy en día, con el acceso a información que tenemos, la referencia contigua, con la historia que nos respalda no parece tener sentido estar tan enredados en la malla sofocante y opresiva del chavismo. Un   chavismo que ya carece de la voz de su chávez (literal). 

Es descabellado que un país permita la ausencia absoluta (de más de 60 días) de su gobernante sin exigir un reporte médico detallado de su estado, aceptando maniobras políticas improvisadas a cargo de personalidades incapaces. Maduro se inaugura como jefe a cargo con una inflación acumulada de 7,0% en sus tres meses de gestión, cerrando con el muy antes desmentido "paquetazo rojo". 


Si bien chávez tuvo un comienzo, es evidente su final. 

Revisemos cifras, observemos el deterioro físico y emocional de Venezuela y el Venezolano. Démosle la oportunidad a nuevos gobernantes, gente con menos aversión y más ideas, con un proyecto de país a largo plazo. 

Entendemos que la mayoría de los chavistas no se visten de rojo y hacen las veces de "repetidoras" burdas por fidelidad a ideales marxistas, equitativas o de bienestar social. 
Es evidente que están libándole la yugular a Venezuela, tal cual sanguijuelas. 

Las patrañas se deshacen con el tiempo, se debilitan. 


Venezuela no es chávez ni tampoco son los chavistas. Venezuela tiene historia y un futuro, el cual será determinado por las gestiones de todos. Saquémonos la punzada del diafragma, sangremos y aprendamos nuevamente a respirar. Siento que lo que teníamos que perder ya lo perdimos, ahora solo queda mucho que ganar.






















*"El índice Big Mac se basa en la teoría de la paridad del poder adquisitivo, que dice que los tipos de cambio con el tiempo deben ajustarse para que el precio de una canasta de bienes sea el mismo en cada país”. The economist